Hay artistas que aprenden en las aulas de las grandes academias, y hay quienes, como la colombiana Lina Acuña Ríos, nacen con la mirada afinada y un talento innato para descifrar la belleza a través de la observación.
Pintora de rostros impecables, trazos limpios y una precisión milimétrica, Lina es mucho más que una creadora de imágenes excepcionales: es licenciada en educación, una apasionada de la enseñanza y una mente dinámica que ha sabido fusionar el rigor pedagógico con la libertad de la creación artística.
En esta entrevista íntima, conversamos con ella sobre su faceta empírica, su amor por el acrílico, sus próximos retos con el óleo y cómo ha transformado su fe inquebrantable en un vibrante portafolio de arte sacro que cautiva y conmueve a todos por igual.
¿Cómo nace tu camino en la pintura, considerando que eres una artista completamente empírica?
Todo comenzó en la observación profunda. Jamás estudié artes de manera formal; mi verdadera academia fueron las obras de los grandes maestros de la pintura colombiana. Me pasaba horas analizando sus técnicas, sus luces y sombras, intentando descifrar cómo lograban atrapar el alma en un lienzo. Con el tiempo, esa curiosidad se convirtió en práctica constante hasta encontrar mi propio lenguaje visual, caracterizado por la limpieza en el trazo y una precisión milimétrica, especialmente al trabajar los rostros.
Además de pintar con maestría, eres licenciada en educación. ¿Cómo influye tu faceta de maestra en tu faceta artística?
Para mí, la enseñanza y el arte van completamente de la mano. Al ser licenciada en educación, disfruto profundamente compartir lo que sé, especialmente con los niños. Siento que tengo la oportunidad de fusionar lo mejor de ambos mundos: usar las herramientas pedagógicas para despertar en las nuevas generaciones esa vena creativa que a veces se duerme en las aulas tradicionales. Enseñar arte no es solo mostrar cómo se usa un pincel, es ayudarles a descubrir su propia voz.
¿Qué significa para ti el acto de pintar y qué buscas transmitir a través de tus obras?
Me defino a mí misma con una frase muy sencilla: «Amo pintar porque es una forma de desconectarme un poco de la realidad y conectar con lo que llevo dentro». La mayoría de mis obras son de corte religioso, y a través de ellas siento que puedo expresar mi fe, mis emociones y mi manera muy personal de ver a Dios. Para mí, pintar es mucho más que crear una imagen bonita; es una forma de transmitir un mensaje profundo y dejar un pedacito de mi corazón en cada pincelada.
Actualmente eres una apasionada del acrílico, pero sé que tienes nuevos horizontes creativos en mente. Cuéntanos sobre eso.
El acrílico ha sido mi gran aliado por su inmediatez, su versatilidad y la limpieza que me permite en los detalles. Sin embargo, el arte es un camino de constante evolución. Aunque mis pinturas se han vendido de manera excepcional y han tenido una acogida maravillosa entre el público, siento la necesidad de seguir creciendo. Por eso, entre mis metas más cercanas está incursionar de lleno con el óleo, explorando su textura y sus tiempos de secado para llevar mis obras a otro nivel de profundidad.
Tus creaciones han tenido una recepción comercial y emocional increíble. ¿Hacia dónde enfocas ahora tus lienzos?
Dado el éxito rotundo que han tenido mis piezas anteriores y la profunda conexión espiritual que encuentro en cada una de ellas, he decidido enfocar la mayor parte de mi producción pictórica al arte sacro. Quiero dedicar mis lienzos a este camino porque siento que es el espacio donde mi técnica, mi fe y mi deseo de dejar un mensaje trascendental se unen a la perfección.

