Por: Daniela Cárdenas en Entrevista con Sergio García
En el taller de Sergio García, en Almería, el aire huele a madera, a campo y a historia. Mientras el mundo busca la comodidad tecnológica, las manos de este artesano español sangran y crean a la vez. Sergio se dedica a un oficio tan nicho como fascinante: la confección de coronas de espinas para imágenes religiosas, representaciones teatrales y procesiones de Semana Santa. Sin embargo, su trabajo no es común. Sus manos desnudas desafían el dolor para dar vida a una verdad histórica que descubrió en su juventud y que hoy define su obra.
Hablamos con él sobre la fe, la técnica y el misterio detrás de sus creaciones.
La verdad detrás de Sergio García
Daniela Cárdenas (D.C.): Sergio García, hay un detalle que estremece e impresiona a cualquiera que ve tu trabajo: tejes estas coronas con tus propias manos y completamente sin guantes. ¿Por qué renunciar a la protección? ¿Es una cuestión de técnica o hay algo de devoción en ese dolor?
Sergio García (S.G.): Hola, Daniela. Es una mezcla de ambas cosas, la verdad. Desde el punto de vista puramente técnico, el guante te quita la sensibilidad. Para moldear una rama espinosa necesitas sentir la flexibilidad de la madera, saber hasta dónde va a ceder antes de romperse y camuflar los nudos. El guante estorba. Pero no te voy a mentir: desde el punto de vista personal, cada pinchazo te conecta de una manera muy íntima con el sentido de lo que estás creando. Es una forma de respeto hacia la figura que intento recrear.
D.C.: Tu proceso no empieza en el taller, sino en la naturaleza. Sé que no compras el material, sino que tú mismo sales a buscarlo. ¿Cómo es esa selección y qué características debe tener la rama perfecta?
Sergio García.: Así es, yo mismo selecciono las ramas directamente de los rosales. Busco un equilibrio muy específico: la rama debe estar en un punto intermedio entre lo verde y lo seco. Si está muy verde, se deforma al secarse; si está muy seca, se parte al moldearla. El secreto está en ese punto medio que me permite trenzarla. Además, busco intencionalmente las espinas más grandes, agresivas y vistosas, porque visualmente tienen que transmitir el realismo y la crudeza del momento.
D.C.: Lo que verdaderamente cambió tu rumbo fue un hallazgo histórico en tu juventud. Estudiando el Santo Sudario te diste cuenta de que la historia no fue exactamente como nos la han pintado en los cuadros barrocos. ¿Qué descubriste?
Sergio García.: Fue un momento revelador. Estudiando la Sábana Santa de Turín y los análisis médicos e históricos del lienzo, me percaté de que las heridas de la cabeza no se limitaban a una circunferencia perfecta. La crucifixión de Jesús incluyó, en realidad, un casco de espinas que cubría por completo el cráneo. Los soldados romanos hicieron una burla cruel de la corona real cubriendo toda la cabeza. Ese descubrimiento me impactó tanto que sentí la necesidad imperiosa de recrearlo. El primer «casco» que hice fue por esa sed de rigor histórico.
D.C.: A partir de esa primera recreación histórica, lo que comenzó como una inquietud personal se convirtió en una vocación que hoy viaja por procesiones y teatros. ¿Cómo diste el salto a comercializarlas, especialmente para Semana Santa?
Sergio García.: Al principio era un reto personal, pero la gente del entorno cofrade y del teatro vio el realismo de la pieza y empezaron los encargos. En Semana Santa la demanda se dispara. Los actores que interpretan a Jesucristo en las pasiones vivientes o las hermandades que visten a sus imágenes necesitan ese nivel de detalle. Pasó de ser una investigación a convertirse en un oficio que me permite ayudar a otros a conectar con el realismo de la Pasión.
D.C.: Hablemos de la seguridad de tus piezas. Tus coronas lucen imponentes y peligrosas por fuera, pero están hechas a medida y son seguras para quienes las usan. ¿Cómo logras esa dualidad?
S.G.: Ese es el gran reto de ingeniería artesanal del proceso. Cada corona se hace a la medida exacta de la cabeza del actor o de la sien de la imagen religiosa. El trabajo más minucioso consiste en limpiar, lijar y rebajar por completo la parte interna. El interior es completamente liso y libre de espinas para garantizar que no haya accidentes. Por fuera se ve un elemento de tortura temible, pero por dentro cuido al actor y a la talla artística con el mayor celo posible. Es la ilusión del peligro, pero con total seguridad.
D.C.: Sergio, para terminar, tus manos llevan las marcas de tu oficio. Cuando ves una de tus coronas en una procesión, en silencio entre la multitud, ¿qué pasa por la mente de este artesano de Almería?
Sergio García.: (Sonríe) Es una sensación difícil de explicar. Siento orgullo, pero sobre todo un profundo respeto. Ver que el fruto de tus tardes de búsqueda en el campo y de tus manos lastimadas ayuda a la gente a conmoverse, a rezar o a meterse en el papel de una representación, le da sentido a cada espina. Siento que, de alguna manera, mis manos prestan un servicio a la fe y a la historia.
Nota de la periodista: Las manos de Sergio García no solo trenzan madera y espinas; trenzan devoción, historia y un respeto absoluto por el detalle. En una sociedad de consumo rápido, Almería resguarda a un artesano que sigue creando a golpe de paciencia, sangre y verdad.

