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Por: Daniela Cárdenas

​En el mundo del arte contemporáneo, pocos caminos son tan fascinantes y devotos como el de David Zafra. Este artista español, cuya formación transita entre la Historia del Arte, las Bellas Artes y la restauración, ha logrado amalgamar la precisión técnica de la conservación con la mística del arte sacro.

​Hoy conversamos con un hombre que no solo restaura el pasado, sino que escribe el presente de la iconografía en Europa, transformando tablas de madera en ventanas hacia lo divino.

​Una conversación que amalgama creatividad y conservación

P: David, tu trayectoria es curiosa. Empezaste en el mundo de las Bellas Artes, pero terminaste especializándote en la iluminación de patrimonio en iglesias y museos. ¿Cómo se pasa de iluminar espacios físicos a iluminar el rostro de los santos en un ícono?

David Zafra: Es una transición más natural de lo que parece. Mis profesores vieron en mí una inclinación hacia el detalle y el diseño de interiores, lo que me llevó a la conservación y a la iluminación técnica. Pero la luz física en una iglesia tiene un límite; llega un momento en que quieres que la luz no venga de una lámpara, sino de la obra misma. Al aprender la técnica de los íconos bizantinos con uno de mis maestros, descubrí que el ícono es, en esencia, luz teológica. Dejé de iluminar paredes para intentar que el espectador sienta esa iluminación interior a través del oro y el pigmento.

P: Te has convertido en un referente de la iconografía bizantina y hoy enseñas a alumnos de toda Europa. ¿Qué es lo que más te apasiona de este proceso, desde que recibes la madera bruta hasta el resultado final?

David Zafra: Me apasiona el ritual. Amo preparar las tablas de madera, el aparejo, sentir la textura. Crear nuevos modelos para la iconografía es un desafío constante. Pero, sin duda, lo que más me mueve es el trabajo minucioso del dorado. La precisión que requiere el pan de oro es un ejercicio de humildad; un suspiro puede arruinar la pieza. Esa delicadeza es la base de todo.

P: Muchos de tus alumnos exploran diversos estilos de íconos, pero tú te mantienes firme en la temática religiosa. ¿Qué encuentras en lo sacro que no te ofrece el arte secular?

David Zafra: Para mí, pintar un ícono no es solo un acto estético, es un acto de fe. Los íconos religiosos me acercan a Dios de una manera única. Mi devoción cristiana es el motor que mueve cada pincelada. Es ser fiel a una tradición milenaria que busca lo trascendente. Otros pueden buscar la belleza por la belleza, pero yo busco la belleza como un puente hacia la oración.

P: Quienes vemos estas piezas quedamos impactados por la perfección de los trazos. ¿Cuánto tiempo de vida le entrega David Zafra a una sola de estas obras?

David Zafra: Es relativo, porque el arte sacro no entiende de prisas. Dependiendo de la complejidad del modelo y el tamaño, una pieza puede llevarme desde una semana de trabajo intenso hasta dos meses de dedicación diaria. Cada capa de color y cada detalle en oro tiene sus tiempos de secado y su ritmo espiritual.

P: Actualmente compaginas la conservación del patrimonio con la docencia. ¿Cuál es el mensaje principal que intentas transmitir a esos nuevos pintores que llegan a tus cursos buscando crear íconos?

David Zafra: Que el ícono requiere paciencia y silencio. Les enseño que no están haciendo un cuadro decorativo, sino una pieza que debe invitar a la contemplación. Mi objetivo es darles las herramientas técnicas —la precisión, el manejo del dorado y el respeto por el canon— para que ellos también puedan encontrar su propio lenguaje dentro de esta maravillosa tradición.

​Dato del artista: David Zafra es, ante todo, un hombre sencillo que ha sabido poner su inmenso talento al servicio de lo invisible. En sus manos, la madera y el oro dejan de ser materiales inertes para convertirse en testimonio vivo de una fe que sigue iluminando el arte en pleno siglo XXI.

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