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Orígenes e historia de un santuario bajo tierra

La majestuosa Catedral de Sal de Zipaquirá, considerada la joya de la arquitectura subterránea de Colombia, tiene sus raíces en la profunda tradición minera de la región cundinamarquesa.

Mucho antes de la llegada de los españoles, los indígenas muiscas ya explotaban los yacimientos de salmuera y roca salina del sector.

Sin embargo, la génesis espiritual del templo actual se remonta a la primera mitad del siglo XX, cuando los propios mineros, impulsados por una profunda devoción católica, tallaron una pequeña capilla subterránea en las entrañas de la montaña para encomendar sus labores diarias a la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Guasá, patrona de los mineros.

​Debido a problemas de estabilidad estructural y filtraciones, aquella primera estructura tuvo que ser clausurada a finales de la década de los cincuenta.

Ante la necesidad de crear un monumento que estuviera a la altura del fervor popular y del atractivo turístico, el Instituto de Fomento Industrial y la Asociación de Economistas convocaron un concurso a finales de los años ochenta para diseñar una nueva catedral.

El proyecto ganador, obra del arquitecto Roswell Garavito Juan, dio inicio a la construcción del templo contemporáneo que hoy desumbra a millones de visitantes, inaugurado oficialmente en 1995 a 180 metros bajo la superficie terrestre.

Arquitectura y distribución espacial

La estructura arquitectónica de la Catedral de Sal es una obra de ingeniería monumental excavada directamente en el macizo halita.

El recorrido turístico y espiritual se divide en secciones simbólicas que imitan el vía crucis cristiano y la transformación interior del ser humano. El acceso principal se realiza a través de un largo y oscuro túnel que representa el camino hacia la iluminación y el nacimiento espiritual, flanqueado por pequeñas capillas talladas con precisión geométrica en las paredes de sal gris y negra.

​El corazón de la catedral consta de tres naves principales que simbolizan el nacimiento, la vida y la muerte de Jesucristo. La nave central alberga la imponente cruz principal, de dieciséis metros de altura, tallada en bajo relieve sobre la roca viva, la cual recibe un haz de luz cenital que atraviesa la cúpula, creando una atmósfera de profunda solemnidad.

En el nivel inferior se encuentra la gran cúpula y el coro, espacios donde la acústica natural de la mina amplifica los sonidos de manera mística. La amplitud de las cámaras, pilares colosales de sal y pasadizos laberínticos demuestran la perfecta simbiosis entre la mano del hombre y la majestuosidad geológica de la montaña salina.

Arte sacro y patrimonio escultórico

El valor artístico de este santuario subterráneo radica en su vasta colección de esculturas y obras de arte sacro, esculpidas tanto por artistas locales como por los propios mineros que heredaron el oficio del tallado en sal.

A lo largo de las estaciones del vía crucis, cada capilla presenta interpretaciones minimalistas y expresionistas de las caídas y momentos cumbres de la Pasión, donde las texturas rugosas de la sal aportan un realce dramático y austero a las figuras.

​Destaca en el altar mayor una imponente imagen de la Virgen del Rosario, esculpida en bloque de sal, que resguarda el recinto con una elegancia sobria.

Asimismo, en las profundidades conviven obras contemporáneas de arte abstracto talladas en la roca salina y marmórea, que dialogan con el entorno oscuro y reflectante.

La interacción de la iluminación artificial cuidadosamente diseñada resalta las vetas cristalinas de la sal, convirtiendo cada rincón en un lienzo viviente que fusiona la geología, la fe y la creatividad humana en una de las expresiones culturales más singulares de América Latina.

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