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Por: Daniela Cárdenas

​Caracas es una ciudad de contrastes, pero entre el concreto y el caos, ha surgido una voz pictórica que está cambiando la narrativa de nuestras calles. Hablamos con Jota Yépez (@jotayepez_art), un publicista de profesión que decidió cambiar los escritorios por los muros de las barriadas y los lienzos compartidos.

A través del arte abstracto, el cubismo y una fe inquebrantable, Jota no solo pinta rostros; está reconstruyendo la esperanza de la ciudad.

​La entrevista

1. Jota, tu conexión con el arte no es nueva. Cuéntanos de ese niño que recorría museos soñando con pinceles, ¿cómo fue ese salto de la publicidad al muralismo en las zonas más populares de Caracas?

«El arte siempre fue mi refugio. Desde niño, ver los cuadros en los museos me generaba una fascinación que nunca me abandonó, aunque la vida me llevó primero por el camino de la publicidad, porque en Venezuela se consideraba que el arte no era una profesión para vivir de ella. Pero llega un punto en que el llamado de la calle y del arte es más fuerte. El salto fue natural: la publicidad busca comunicar, pero el arte busca sanar. Decidí que mi mensaje no debía estar en una valla, sino en el corazón de las comunidades a través de pinturas que ahora son murales con los que se identifica nuestra gente.

2. Tu trabajo ha transformado visualmente las barriadas caraqueñas. ¿Qué se siente ver un muro gris convertido en una explosión de cubismo y color de la mano de los niños de la comunidad?

«Es un renacimiento. Aunque es raro pasar y decir «Wao esto lo hice yo» y tal vez no creermelo. También, nos multiplicamos. A través de la escuela de pintura, buscamos que los niños no solo aprendan técnica, sino que se reconozcan como creadores.

Cuando pintamos juntos en las zonas populares, el muro deja de ser una barrera y se convierte en un puente. Ver a un niño descubrir su talento es, quizás, la obra de arte más hermosa que he presenciado».

3. Te hemos visto también en la Universidad Central de Venezuela (UCV), pintando lienzos junto a estudiantes para embellecer los espacios públicos. ¿Crees que el arte tiene el poder de devolverle a Caracas esa ‘cara bonita’ que tanto anhelamos?

«Absolutamente. La UCV es patrimonio y símbolo de nuestra luz y allí estamos trabajando con una fundación de arte en las instalaciones que ellos nos prestan y ha sido sanador. Al sacar los lienzos a la calle y compartirlos con los estudiantes, estamos democratizando la belleza. No se trata solo de estética; se trata de pertenencia. Una ciudad que se ve hermosa se siente respetada, y una comunidad que participa en esa creación, la cuida».

4. Hay un componente espiritual muy marcado en tu obra. Tus pinturas de José Gregorio Hernández y Jesucristo son ya icónicas en la Gran Caracas. ¿Cómo influye tu fe y devoción en tu proceso creativo?

«Soy un hombre de fe. El arte sacro para mí es una forma de oración. Con pinturas de José Gregorio Hernández he visto mis primeros nilagros. Pintar al ‘Siervo de Dios’ o el rostro de Jesucristo en formatos de gran escala es mi manera de recordarle a la gente que no están solos. El cubismo me permite fragmentar esos rostros para luego unirlos con color, simbolizando que, aunque estemos rotos, hay una unidad superior y una paz que nos sostiene».

5. El estilo que manejas se centra mucho en rostros y miradas abstractas. ¿Qué buscas transmitir cuando te enfocas tanto en los ojos de quienes pintas?

«Dicen que los ojos son el espejo del alma pero sobretodo que las miradas nunca mienten. Para mí no es lo mismo los ojos que la mirada. Y, en el arte abstracto, la mirada es lo que ancla al espectador. Busco que quien vea mis murales se sienta observado con compasión. Quiero que mis colores transmitan esa paz y tranquilidad que a veces el ruido de la ciudad nos roba».

6. Para cerrar, Jota, ante la pregunta de qué es lo que realmente te mueve a salir cada día con un pincel en la mano, ¿cuál es tu mayor objetivo?

«Mi motor es la inspiración. Quiero inspirar a miles a descubrir el arte que llevan por dentro. Si una pintura mía logra que una persona se detenga, respire hondo y sienta un segundo de paz en medio de su jornada, entonces mi misión está cumplida. Mi objetivo final es llenar de luz los rincones donde más se necesita».

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